Los secretos del violín. Por Félix
Ayo 
Quiero dirigir el comienzo de esta breve disertación
sobre el violín, muy especialmente, a los futuros
profesionales de nuestro país, a los estudiantes.
Con el paso del tiempo, la capacidad técnica de los
instrumentistas de cuerda ha evolucionado notablemente en
el mundo entero. Concretamente en España también
se ha dejado ver esta mejora. Pero surgen también
nuevas dificultades que el estudiante debe tener en cuenta
durante su periodo de formación.
El mercado europeo de la música es,
en la actualidad, un mercado libre, en el que cualquier
ciudadano de la Unión Europea tiene el mismo derecho
que un español a ocupar un puesto en cualquier orquesta
de nuestro país, y viceversa. No hace mucho que se
convocaron pruebas para cubrir ocho plazas de violinista
en la Orquesta de la Ópera de Roma y se presentaron
quinientos candidatos. Ninguno de los puestos fue para un
italiano, y en su mayoría fueron músicos de
los países del Este quienes ganaron la plaza. En
España sucede algo semejante: las orquestas están
plagadas de extranjeros. Esto está muy bien, pero
quiero hacer hincapié en que si un joven español
desea trabajar en su país tendrá que estudiar
más y mejor para estar en igualdad de condiciones
o superar el nivel de los que vienen de fuera. En todo el
mundo se está haciendo un gran esfuerzo por ir a
más; en Japón, por ejemplo, los niños
empiezan a estudiar violín a los dos o tres años.
El talento existe, pero hay que cultivarlo con muchas horas
de estudio y de trabajo diario y constante. Esto sucede
en todos los campos profesionales. El nivel de especialización
es cada vez mayor. Para evitar quedarse estancado uno debe
estar al corriente de las nuevas pedagogías. Libros
de técnica como el de Flesh están ya superados
por completo. Le siguieron textos como los de Galamian,
ilustre maestro de grandes violinistas (Zukerman y Perlman)
y uno de los mayores pedagogos de este siglo. Con él
sobrevino una gran renovación técnica, una
nueva forma de servirse del instrumento. Cambió por
completo las digitaciones y lo que antes no estaba permitido,
ahora sí se permite. Después tenemos el tratado
de Jacobsen-Zigetti y poco más. Quien quiera dedicarse
a la pedagogía del violín debe conocer todos
estos tratados y no conformarse con lo que aprendiera en
su día de su maestro.
El
instrumento al servicio de la música
Un buen maestro debe hacer estudiar la técnica a
sus alumnos. Desde luego, a nadie le sobra técnica,
pero esto no es nada más que el principio, un medio
y no un fin. Además, y por encima de todo hay que
ser un artista, capaz de emocionar, Pero cuanto más
artista eres, más técnica necesitas para conseguir
esa emoción. Técnica y arte deben ir unidos
para formar un músico de verdad. Si posees una gran
técnica pero eres frío estarás incompleto.
Y si eres un músico sensible pero te falta la técnica,
tampoco serás un artista. Un auténtico maestro
intentará que el alumno aprenda ambas cosas paralelamente.
Pienso que, en un plan de estudios ideal, el violinista
debería hacer diez años de piano, y también
composición. De nada sirven unas manos ágiles
si luego tienes que tocar con las ideas de otro. Bueno,
esto puede servir, si tienes una buena técnica, para
ser un buen profesor de orquesta, donde tocarás con
las ideas del director. Pero para tener las tuyas propias
debes conocer la música a fondo, cómo se hace,
sus formas, sus estilos. Así, te servirás
del violín para hacer música, en lugar de
servirte de la música para tocar el violín.
El violinista debe estar en condiciones de poder leer las
partituras con el piano. No se puede tocar una sonata o
un concierto pegado a la "particella" sin saber
lo que está pasando en la parte del piano o de la
orquesta. Es como si un actor de teatro conociera únicamente
su parte, ignorando lo que sucede a su alrededor en el guión
general. Para nosotros ese guión es la partitura.
¿Cómo es posible tener al pianista detrás,
como si fuera una lavadora, hasta aprenderse su parte de
oído? Esto es vergonzoso, impropio de un músico
profesional. Además las diferentes ediciones de las
obras para violín son revisiones que modifican las
ligaduras originales. Si vas a comparar la partitura original
del concierto de Beethoven con cualquier revisión
conocida encontrarás más de un centenar de
articulaciones cambiadas. Sin embargo, por lo general, la
parte del piano se mantiene virgen y es ahí donde
el violinista debe acudir para conocer la música
original y poder aportar sus propias ideas. Al final todos
adaptamos la interpretación a nuestras necesidades
así que es mejor hacerlo sobre el original que sobre
lo que otro ya modificó antes.
También es importante desmenuzar la
obra y saber cuándo lleva el violín la voz
cantante y cuándo le corresponde al piano. Esto no
se estudia en la "particella".
Interpretación
y emoción
El aficionado medio disfrutará de la música
que le ofrece un violinista tan sólo si, como decía
mi padre, le pone "la carne de gallina". Lógicamente,
para ello deben existir antes unas premisas mínimas:
afinación perfecta, bello sonido y limpieza en la
ejecución. Cuando un pasaje difícil le parece
fácil al espectador, es que las cosas funcionan bien
en lo que a técnica se refiere. Pero el oyente debe
tener en cuenta que hay un paso aparentemente muy pequeño
entre "casi tocar" y "tocar" el violín.
Es fácil tocar pasajes rápidos
a toda velocidad si no se hace correctamente afinado, con
limpieza en cada nota; cualquiera que tenga un poco de costumbre
puede distinguir estos términos fácilmente.
Quisiera detenerme brevemente en un aspecto
de los mencionados: la belleza del sonido. ¿Por qué
un mismo instrumento, tocado con un mismo arco, puede sonar
diferente en manos de diferentes instrumentistas? Influyen
cientos de elementos. Tocar el violín es un juego
de presiones, pesos, contracciones y flexiones; el arco
contra las cuerdas, presión de la mano izquierda,
etc. Uno debe sentir en sus manos la creación del
sonido. Por otra parte también puede influir la propia
configuración física de cada instrumentista:
hay quien tiene poco carnosas las yemas de los dedos y esto
se traduce en un sonido más metálico y duro.
El sonido de Oistrakh era tan excepcional, entre otras cosas,
porque sus manos lo eran; para él era muy natural
encontrar ese equilibrio entre las distintas presiones a
que antes aludía. El peso del brazo derecho con el
arco estaba perfectamente contrarrestado con el "vibrato"
y la presión de la mano izquierda.
Por eso digo que hay que perseguir la naturalidad
y evitar los excesos y los apretones. Sobre la producción
del sonido existen ciertos secretos que pocos conocen, aunque
parezcan elementales. Si les preguntaras cómo hacen
para tocar más fuerte, muchos profesionales te responderían:
"aprieto". Y no es verdad. Las cuerdas vibran
en sentido horizontal. De este modo, si aprietas con el
arco en sentido vertical, lo que haces es matar el sonido,
apagarlo con el peso. La cantidad de sonido, en realidad,
nos la da la velocidad del arco. A más velocidad,
mayor vibración horizontal. El sonido correrá
mejor, con menos esfuerzo, mientras que apretando se conseguirá
un sonido más estridente, pero con menos armónicos,
que no llegará tan lejos.
Otro detalle importante es la identificación
con tu instrumento. Hace poco me robaron mi Guadagnini,
el violín con el que llevo tocando muchos años
y, aunque lo sustituí por otros igual de buenos,
me costaba trabajo acostumbrarme a su sonido y no me reconocía
a mí mismo.
En el sonido también influye el material
con que esté construido el violín, el arco
y las cuerdas. Yo siempre utilizo cuerdas blandas de nailon,
entorchadas con aluminio, y la cuarta, con plata. Son cuerdas
muy finas que ofrecen la menor resistencia posible al arco.
Son casi tan tiernas como las de tripa, pero no se desafinan
como éstas y su sonido es rnuy bello. Tal vez un
poquito peor que el de las que llevan tripa dentro, pero
menos arriesgado para la afinación. Con cuerdas de
tripa desnuda, no tocan más que los enfermos de música
antigua. Los instrumentistas que dicen tocar con instrumentos
originales, en realidad se refieren sobre todo al material
de sus cuerdas: la tripa. Mi violín es de 1744, pero
yo nunca pongo cuerdas de tripa por los problemas que dan
para su afinación. Flesh llegaba a recomendar, para
el Concierto de Beethoven, que empieza con sesenta y cuatro
compases de espera, salir con el violín afinado medio
tono alto, ya que las cuerdas de tripa se bajaban con gran
facilidad. También es cierto que es así como,
en su día se tocaban aquellos conciertos que su sonido
puede resultar auténtico, pero no estoy dispuesto
a arriesgar mi afinación por ello. Cuando escucho
uno de esos discos antiguos de Melkus me doy cuenta de que
son horribles, espantosos y antimusicales. Puede parecer
correcto, pero falta respiración musical, no existe
ninguna emoción, y está repleto de exageraciones.
La mayoría de los que hacen la música barroca
con estos instrumentos son técnicamente muy flojos
y se escudan en el instrumento para desafinar tranquilamente.
Además sus interpretaciones carecen de emoción;
seguramente se tocaba así en su día, pero
estoy seguro de que si Bach pudiera oír sus sonatas
y sus partitas tal y como se hacen hoy, estaría mucho
más contento. Ahora ya hemos pasado por el Romanticismo.
Nuestra sensibilidad no es la de entonces. Para mí
no existe la música sin emoción.
Luego están los debates sobre si vibrato
sí o vibrato no. El primer método de técnica
instrumental conocido es de Leopold Mozart y él ya
hablaba claramente de vibrato, de la oscilación de
la mano izquierda arriba y abajo. Y especifica: "no
lateralmente, sino arriba y abajo". Eso es el vibrato
y no otra cosa. En cuanto a la ornamentación de la
línea melódica, no olvidemos que los tratados
de interpretación musical del barroco han sido escritos,
casi siempre, por cembalistas. Y al pobre cémbalo,
por otro lado un instrumento maravilloso, si le falta algo
es que se le muere el sonido cuando lo tocas, de modo que,
para rellenar las notas largas en un tiempo lento, precisa
las ornamentaciones. Y los teóricos han convertido
esta necesidad en una verdad absoluta para el resto de los
instrumentos. Un violín puede recurrir a estos adornos
pero no los necesita como un cémbalo para mantener
en pie una melodía. El violinista actual tiene una
serie de recursos y de ventajas en sus manos que puede y
debe utilizar.
Por último, debo mencionar una virtud
imprescindible: la personalidad del artista. Muchos jóvenes
virtuosos dan todas las notas a velocidades impresionantes,
pero es imposible distinguir a unos de otros. ¿Por
qué admiro tanto a Oistrakh? Porque en cuanto habías
escuchado dos notas ya sabías que era él.
En la actualidad nadie tiene este don.