Entrevista con Joshua Bell

Este
joven maestro nacido en Bloomington (Indiana, Estados
Unidos) debutó con catorce años en un concierto
con orquesta bajo la dirección de Riccardo Muti
y junto a la Orquesta de Philadelphia, y poco después
apareció por primera vez en el gran templo de la
música en Nueva York (ciudad en la que actualmente
reside), el Carnegie Hall, pasando a ser una estrella
más (aunque él no lo reconozca) del panorama
musical, colaborando con orquestas sinfónicas de
todo el mundo y directores de la talla de Vladimir Ashkenazy,
Herbert Blomstedt, Riccardo Chailly, Christoph von Dohnányi,
Antal Dorati, Charles Dutoit, Christoph Eschenbach, John
Eliot Gardiner, James Levine, Roger Norrington, Seiji
Ozawa, Esa-Pekka Salonen, Leonard Slatkin, Yuri Temirkanov,
Franz Welser-Möst o David Zinman, además de
desarrollar una intensa vida camerística de gran
atractivo.
Dejemos que sus palabras, en consonancia con su música,
nos hagan entender su mundo, sus vivencias, sus sentimientos
y deseos, como a continuación descubriremos.
¿En
algún momento te has llegado a considerar un niño
prodigio?
Nunca me sentí como tal. Empecé a ponerme
en serio con el violín, como profesional, a los 14
años. Pero yo fui un chico normal que iba al colegio,
con una vida normal. Mi desarrollo fue lento y natural.
De hecho,
ganaste varios premios jugando al tenis...
Participé en competiciones de tenis, y me hubiera
gustado dedicarme profesionalmente a ello, de no ser que,
en realidad, no era lo suficientemente bueno para ello,
pero me gustaba.
Para ser sincero, mis padres no eran músicos ni pertenecían
al mundo de la música. No esperaban de mí
que fuera músico, no se me presionaba. Me trataron
como alguien normal, que debía decidir qué
ser en el futuro. Yo decidí ser músico.
Al no convertirte
en un niño prodigio absorbido y agobiado por los
conciertos, compromisos, estudios, etc., tu tiempo libre
lo dedicabas a cosas tan dispares y lúdicas, además
del tenis y el baloncesto, como los vídeo juegos.
Todo lo que hacía lo hacía compulsiva u obsesivamente.
El tenis, los vídeo juegos,... no hacía nada
poco a poco. Descubría un nuevo vídeo juego
y me pasaba con él horas. Todavía soy un poco
así.
Por lo que
cuentas, pones mucha pasión en todo lo que haces.
Lo mismo debe de ocurrir con la música, pues en tu
vida profesional hay un halo pasional muy importante.
Muchos artistas son así. Proyecto todo con pasión:
cuando trabajo, en los conciertos, en mis grabaciones...
¡incluso cuando como! La mayoría de los músicos
son así, porque comer es algo más que simplemente
engullir...
Decididamente,
tienes pasión por la vida...
Sí, creo que todo músico ha de tener pasión
por la vida, por su trabajo. Sentir ante las cosas. Pero
el hecho de exhibir los sentimientos gratuitamente puede,
además, no decir mucho. Jascha Heifetz, uno de mis
ídolos del violín, se mostraba siempre muy
frío en el escenario, pero llevaba la pasión
por dentro. Yo sí la doy a conocer, es natural en
mí; no me preocupa, aunque a veces hago por controlarla.
¿Esa
pasión está presente a la hora de, por ejemplo,
preparar una partitura?
Bueno, más bien lo que uso en este caso es el instinto,
sobre todo cuando era más joven. Busco un punto de
vista ni académico ni adquirido. Escucho otras versiones,
pero prefiero interpretar como lo sienta yo, pues toda visión
es única. Pero la experiencia es un grado, pues cuanto
más sabes, mejor, ya sea Bach, Beethoven,...
¿Y
al trabajar junto a un director de orquesta?
Para mí es como hacer música de cámara
con una orquesta sinfónica. La relación con
el director es un "toma y daca". Es positivo el
que exista una coincidencia de ideas, es todo un placer,
el trabajo se hace fácil. Pero puede ser muy enriquecedor
el considerar otros puntos de vista.
Obviando
la pregunta de quiénes son tus batutas colaboradoras
predilectas, ¿cuáles son los conciertos para
violín y orquesta con los que más a gusto
te encuentras?
Depende. La cuestión es como elegir entre un hermano
o una hermana. Cada uno tiene su aquél. Me inclinaría
por los de Brahms, Tchaikovsky, los grandes románticos,
en definitiva, pero también me gustan los de Prokofiev
o Bach.
Bach es
el "sumum" para muchos músicos, violinistas
incluidos.
Sí, ya lo apreció incluso Mendelssohn. Bach
es muy importante; es substancial y esencial para todo músico.
Precisamente,
en tu último disco, interpretas el Concierto para
violín de Mendelssohn, pero las cadencias son de
tu propia cosecha. ¿Por qué creaste unas nuevas?
Ya he escrito mis propias cadencias para otros conciertos,
para el de Brahms, Beethoven, Mozart,... Era la manera en
que estos autores, en su época, entendían
que debía de interpretarse un concierto. Establecieron
sus cadencias, pero el intérprete era libre de crear
o elegir, poseía más libertad, no debía
adherirse al papel marcado por el autor en este lucido y
solitario momento.
Pero el caso de Mendelssohn es bastante diferente, pues
él no puso las suyas propias. Lo asumí como
un reto, a ver si conseguía superarlo. Cuando lo
hice, lo probé y me dije ¿por qué no?
Sin embargo,
las cadencias de Brahms no eran suyas, sino de Joachim...
En efecto, y las de Mendelssohn se creían del propio
autor, pero en realidad trabajó con un violinista
amigo suyo, Ferdinand David, de quien se presume que son
verdaderamente las cadencias. En cierto modo, he pretendido
ser David. Además, creo que éste puede ser
un primer paso para convertirme en compositor. Mi sueño
es escribir algo, no sólo cadencias.
A ese respecto,
veo que sientes también cierta preocupación
por la música contemporánea, pues, además,
se han compuesto varias obras para ti.
Me siento bastante involucrado porque me gusta componer.
Cuando escriben para mí, me encanta ayudar a dar
forma a la pieza, aportando sugerencias, cosa que a los
compositores les agrada.
Sobre todo
un soporte en la parte técnica.
Sí, es lo que hicieron Joachim y Brahms. El compositor
alemán hubo de efectuar numerosos cambios sugeridos
por Joachim, y, frecuentemente, se enfadaba con el violinista.
Lo que sí
percibo es que la mayoría de los autores que te han
dedicado composiciones son americanos.
Bueno hay alguno inglés, pero, por ejemplo, Corigliano,
para quien grabé la banda sonora de la película
El Violín Rojo, o Meyer sí son norteamericanos.
Por otra parte, no he hecho muchos estrenos. Tengo mucho
cuidado con esto. Me gusta, pero es muy atrevido y temerario
por mi parte estrenar algo que no se ha oído nunca.
¿Te
sientes involucrado con la tradición compositiva
nacida en Estados Unidos, como bien parecen probar tus discos?
Sí, existen grandes nombres: Copland, Bernstein,
Gershwin. Éste último utiliza patentemente
el jazz, estaba muy insertado en la música americana.
América es una cultura abierta, del mismo modo que
los compositores americanos permanecen muy abiertos a incorporar
nuevas cosas, meten "rock" en una sinfonía...
No hay una única y sola tradición, es un país
joven con una joven historia.
¿Se
puede hacer música del siglo XIX o moderna con un
Stradivarius?
Claro que sí, con la voz ocurre exactamente lo mismo.
Puedes cantar hoy cosas del ayer y música contemporánea.
Pero con un instrumento fabricado en el siglo
XVIII, ¿se hace por la fama y valor histórico
o porque es simplemente el mejor para trabajar?
Mi Stradivarius es uno de los mejores que se han hecho.
Se pueden utilizar instrumentos más baratos, pero,
eso sí, con un Stradivarius puedes hacer más
cosas, algunos colores... este instrumento es más
inspirador.
Tú
mismo has sido considerado como un intérprete joven,
guapo, atractivo. ¿Piensas que la imagen es importante
en la música para acrecentar el interés del
público?
No hay manera de responder a esto sin ser consciente de
que el marketing es necesario para aparecer correcto y moderno.
A veces, superficialmente, hay portadas que puedes rechazar,
aunque la música es buena, y viceversa.
Yo hago uso de la imagen, ¿por qué no?, en
tanto en cuanto la música no esté cambiada...
Eres uno
de los pocos artistas de música clásica con
unos fieles seguidores, entusiastas fans que siguen tus
conciertos por todo el mundo.
Tengo algunos admiradores. Me emociona el saber que hay
gente en todo el mundo y que se comunican entre ellos, con
base en Internet. Pero no soy el único, es algo que
pertenece a la era moderna en que vivimos.
Entonces,
has de sentirte como una auténtica estrella...
Bueno, una muy pequeña comparada con una estrella
del pop. No pienso en mí como uno de ellos.
Hablando
de estrellas, ¿crees que el "crossover"
es una oportunidad relevante o importante para dar fama
a los intérpretes clásicos?
El crossover no tiene que ver con la música, sino
con el marketing. No es posible establecer si es bueno o
malo. Por ejemplo, el cine es un medio moderno, es algo
que todo el mundo ve, puede llegar a mucha gente, muy popular,
pero puede ser respetable. Muchos compositores "serios",
como Prokofiev o Korngold, han creado música de cine.
Más atrás, en el siglo XIX, Sarasate ya cogió
Carmen de Bizet y la arregló, eso es también
crossover, como la adaptación de música popular
de Dvorák, el jazz... La fusión es legítima.
El peligro radica en el momento en que el propósito
es solo financiero, comercial. Puede haber proyectos que
no estén bien pensados, equivocados.
Los puristas
son muy críticos con los músicos clásicos
que hacen esto.
Puede que su postura sea escéptica, yo también
soy escéptico. Si ves a un artista joven vestido
con vaqueros, con ropa a la moda en la portada, estás
ante una creación mediática: te sorprende
o te puede echar para atrás. Pero hay que darle una
oportunidad y escucharlo. Si el producto es bueno, te terminará
por convencer.