Entrevista
a RUGGIERO RICCI (03/09/2003)

Tengo 85 años.
Nací en San Francisco, hijo de emigrantes italianos
muy pobres. Soy violinista: con 11 años di mi primer
concierto de violín en Nueva York, y ahora acabo
de retirarme. He estado varias veces casado, y hoy lo
estoy con Julia. Tengo cinco hijos y diez nietos. ¿La
política?: ¡un desastre! ¿Dios?: yo
creo en una fuerza superior...
-Cómo
andan sus cervicales?
–Desde que vivo en el clima
seco del desierto californiano, en Palm Springs, bastante
mejor. Me he retirado de los conciertos, y allí
vivo desde hace nueve meses.
–¿Todo
violinista está condenado a acabar con patologías
cervicales? –Muchos
tienen que operarse de los hombros... Todo por culpa de
esa maldita práctica que se impuso hace sólo
unos 200 años.
–¿Qué
práctica?
–La de sujetar la caja del
violín entre la mandíbula y el hombro. Haga
usted ese gesto durante 30 años y ya verá
qué le sucede...
–¿Y
dice que es una moda “reciente”?
–Sí: antes, el violín
se sostenía con la mano izquierda, y se dejaba
reposar libremente sobre cualquier zona del pecho. Y por
eso yo decidí recuperar hace ya años ese
sistema...
–Se
le ha llamado a usted “el Paganini del siglo XX”.
–Pero a quien más he tocado es a Bach. Y
ahora que toco sólo para mí... ¡siempre
Bach!Lo de Paganini se dijo porque fui el primero en grabar
sus 24 “Caprichos”, en 1947.
–¡Y
por su talento portentoso con el violín, como Paganini!
¿Quién le enseñó a usted?
–Mi padre me inició. Él era un obrero,
un inmigrante pobrísimo llegado a California desde
Génova. Y el hombre tenía un violín...
–Y
se lo puso en las manos.
–A los 4 o 5 años. Y me machacó con
lo de la música...
–¿Le
machacó?
–Sí: incluso empleó las coacciones,
la violencia física... Sepa esto: ¡detrás
de todo niño prodigio hay siempre un padre ambicioso!
–¿Fue
usted niño prodigio, pues?
–Sí. Tocaba por las calles y en locales,
hasta que mi padre oyó hablar de otro niño
prodigio llamado Yehudi Menuhin, que tomaba clases del
maestro Louis Persinger, y me envió también
a mí allí. Y a los 11 años di ya
mi primer concierto en Nueva York. Pocos años después
también estudió con Persinger otro violinista
luego famoso, Isaac Stern.
–Menuhin,
Stern y Ricci: ¡los tres mejores violinistas del
siglo XX!
–Persinger fue un excelente maestro.
–Pero
Menuhin y Stern, judíos, usted...
–¡Sepa que los italianos tocábamos
el violín desde mucho antes que los judíos,
ja, ja...!
–Sin
su padre, ¿qué hubiera sido usted?
–¿Cómo saberlo?
–¿Por
qué se obsesionó su padre con eso?
–¡Estaba loco por la música! Y nos
repetía a mí y a mis hermanos que si no
éramos músicos acabaríamos siendo
barrenderos...
-A usted
no le ha ido mal.
–¡Pero seguro que hoy un barrendero vive mejor
que la mayoría de músicos!
–¿Por
qué dice esto?
–La humanidad genera mucha basura: ¡los barrenderos
serán siempre necesarios! En cambio, los músicos...
–También,
¿no?
–Sólo si son comerciales... Si no lo eres...
–La música
que oye hoy no le gusta, intuyo.
–La creatividad decae. Tenemos hoy tantas distracciones...
¡eso dificulta ponerse a crear, a componer! Habría
que aislarse en una casita de madera, en un bosque. Pero
ya no hay ni bosques ni casitas de madera.
–Anímese
usted a componer.
–Carezco del talento.
–Como violinista,
en todo caso, se le ha calificado a usted de genio.
–Ah, yo tenía 14 años y eso de que
yo era un genio lo dijo de mí... Albert Einstein.
–¡Einstein!
–Por eso puedo afirmar que también el genial
Einstein cometía fallos.
–Déjese
de modestias...
–Yo admiraba mucho a Einstein, y era tan agradable...
Estuve con él tres o cuatro veces, toqué
para él en su casa... Y él tocó para
mí.
–¿Einstein
tocó el violín para usted?
–Einstein tocaba el violín, y cierta vez
en que yo llevaba un Stradivarius él me pidió
permiso para probarlo. Se lo presté, claro.
–¿Y qué
tal lo hizo?
–Improvisó, y extrajo sonidos deliciosos...
–¿Ayuda
a lograrlo tocar un Stradivarius? ¿Qué tienen
de especial, cuál es su secreto?
–“Secreto” es una palabra estúpida.
Stradivarius y Guarnerius eran buenos haciendo violines,
profesionales que dominaban su técnica... y sus
violines suenan bien: es todo.
–¿Se hacen
hoy violines así?
–Yo compro en Barcelona los que hace el luthier
David Bagué. Suenan bien recién acabados
y sonarán bien dentro de 200 años.
–¿Qué
recuerda usted de aquel primer concierto en Nueva York,
siendo niño?
–Fue en la prehistoria, allá por 1929. Recuerdo
mucho los cegadores flashes de los periodistas, que cargaban
esos flashes con polvos de azufre, pólvora o yo
qué sé...
–Tras 70 años
en activo sobre los escenarios, ¿de qué
se siente hoy más orgulloso?
–Pues de lo que estoy haciendo con el violín
ahora que he dejado ya los escenarios.
–Ah... ¿Y
qué está haciendo con el violín?
–Lo estudio: un violín es un sistema físico
sujeto a las leyes de la física, y yo estoy ahora
indagando, analizando cómo funciona ese sistema.
¡Y estoy llegando a conclusiones...!
–¿Qué
conclusiones?
–Ya las leerá en un libro que estoy escribiendo...
Le adelanto que ofreceré una nueva técnica
para aprender a tocar el violín. Y ya verá:
¡esa técnica permitirá aprender a
tocar mejor el violín en mucho menos tiempo! Es
todo muy simple, si se hace lo correcto...
–¿Ah,
sí? ¿Podría hacer de mí un
Ricci?
–Sí.
–Maestro, perdone,
pero eso es imposible.
–No, no: si lleva usted la música dentro
y yo le enseño la técnica correcta... ¿Lleva
usted la música dentro?