Entrevista
a Gil Shaham Diciembre
de 1997 
Es
un violinista más de la deslumbrante pléyade
de intérpretes americanos de origen hebreo, de
aquéllos que saben combinar de manera exacta el
virtuosismo con el arrebato expresivo.
Su apariencia
de niño travieso se contrapone a la opinión
que tiene de sí
mismo: «Soy
muy aburrido —dice—.
Me gusta todo tipo de música y me apasionan tanto
Bach como Korngold, y no sé por quién decantarme.
Quizás el que más me llega al corazón
es Schubert, al menos eso siento cuando escucho alguna
obra suya por la radio». Gil
Shaham (Illinois, 1971) achaca su «aburrida personalidad»
a su gran variedad de gustos, algo que también
se refleja en su repertorio. «Desde
hace tiempo trato de no preparar más de seis conciertos
por año, además de un par de recitales —que
es lo que todo concertista tiene "en dedos"
para cada temporada—, pero nuevamente he caído
en la tentación, y este año tengo programados
más de veinticinco conciertos diferentes»,
señala.
«He
tocado casi todos los grandes conciertos para violín
—admite—, y muchos de ellos también
los he grabado. El último compacto —"El
violinista de la ópera", transcripciones de
escenas operísticas para violín y piano—
es una locura. Fue idea mía. Se acompaña
con una "imagen" que en un principio me chocó,
pero entiendo que sea así por cuestiones de marketing».
El concierto
de Sibelius es una de sus obras favoritas. «Tiene
para mí una significación muy especial,
porque cuando tenía cinco años mis padres
se compraron una cadena musical y la antigua la dejaron
en mi habitación. Yo sólo tenía dos
discos, y uno de ellos era este concierto de Sibelius»,
recuerda.
—Algunos
violinistas dicen que la mitad de la belleza de su interpretación
la impone el violín.
—Definitivamente
creo que se transforma en tu pareja, en tu compañero.
Con el mío me pasa algo curioso: yo toco las notas
correctas y él se equivoca —bromea—.
No, en serio: creo que el violín es algo así
como tu otra mitad. Es verdad que cada violín tiene
su propia personalidad y la relación que estableces
con el instrumento es casi como la que puedes tener con
una persona. Yo toco con este mismo violín desde
hace ocho años y aún me sorprende con cosas
nuevas, con sonoridades que no le conocía. Aún
nos estamos conociendo. Soy muy afortunado al tener un
instrumento como el mío, un Stradivarius de 1699,
porque es de los primeros que se hicieron. Es difícil
comparar las sonoridades de un instrumento, porque es
como hablar de chicas rubias o morenas.
—Si toca un Mozart, ¿prefiere
las cuerdas de tripa?
-Siempre
toco con cuerdas de metal. Algunas veces he tratado de
tocar con cuerdas de piel, y me gusta mucho el color que
se consigue, pero no me resulta confortable, no me acostumbro.
Es que llevo muchos años tocando con las de metal
y no me hago a un sonido distinto.
—¿Cree que aún
existen diferentes escuelas de interpretación violinística?
—No
lo creo. Técnicamente siempre se dice que uno aprende
según la escuela francesa, que el arco se coge
según la rusa, pero creo que se ha llegado a un
punto en que cada intérprete aprende de muchos
estilos, hasta que encuentra su propia manera de tocar.
Lo que importan son las ideas. Yo estudié en la
Jiulliard, en Nueva York, y allí hay profesores
y alumnos de todo el mundo: entonces no se puede hablar
de una escuela americana.
—Usted ha demostrado un
reiterado interés por el repertorio contemporáneo.
—Acabo
de grabar una sonata para violín de André
Previn —quien también
lo ha dirigido en conciertos de Barber y Korngold—.
Pero no me gusta nada cuando la gente dice,"tenemos
que tocar música contemporánea porque es
la música de nuestro tiempo", como si fuera
una obligación. Creo que las obligaciones no tienen
nada que ver con la música; hoy hay muchos compositores
que escriben obras muy buenas, hay gente con mucho talento,
y la calidad de las obras es lo que me invita a tocarlos,
no es una imposición.
Fanático de Sarasate, no
oculta su debilidad por la música española:
«Me encanta, porque es como
su gente, alegre y melancólica, plena de vitalidad,
algo que no se encuentra en otras latitudes»,
aunque no cierra sus horizontes a la música popular.
Como el joven de veintiséis años que es,
asegura que le gusta «mucho
R.E.M. y últimamente me he hecho "fan"
de U2».